CARTAS DESDE SHIMABARA



En 1589 se abrió en Kyoto, por orden de Toyotomi Hideyoshi, el primer barrio del placer de Japón: Nishishin-yashiki, inspirado en sus análogos chinos de la dinastía Ming. Una de las principales finalidades de la creación de este barrio fue concentrar a las prostitutas, cosa que permitía controlarlas mejor. En 1602 se trasladó el barrio a Misuji-cho, en el centro de la ciudad y en 1641, por encontrarse demasiado cerca del palacio imperial, se volvió a trasladar, esta vez a Suyakuno, para que no atentase contra las buenas costumbres de los ciudadanos que lo visitaban. Tras este último traslado, el barrio empezó a llamarse Shimabara, pues la polémica que causó este recordaba a la revuelta de campesinos de la ciudad que lleva este nombre. Sin embargo, el permiso y el terreno para construir esta nueva versión del barrio rojo fueron concedidos a cambio de una serie de condiciones. La primera fue no construir burdeles ni permitir a las prostitutas trabajar fuera de él; es decir, zonificación. La segunda fue no permitir a las prostitutas vestirse lujosamente, sino únicamente con ropas sencillas, cosa que las distinguía de las "mujeres decentes". La tercera fue la austeridad con la que tendrían que construirse los edificios o, en otras palabras, una serie de condiciones para la construcción de los burdeles.

Los casi cuatro siglos de vida de Shimabara no sólo fueron testigos del negocio del placer, sino también de acontecimientos artísticos y políticos: en el seno del barrio se abrió el salón literario de los poetas del haiku. También fue un lugar donde se cerraron tratos de naturaleza política y económica, como sucedía en la ageya Sumiya.

Pero, pese a la importancia de Shimabara para la vida de Kyoto, en 1957, con la implantación de la ley anti-prostitución, se cerró este barrio rojo, que hoy en día tan sólo es un lugar de interés cultural.

Han pasado más de cuatrocientos años desde la creación de Shimabara y más de trescientos desde su último traslado, aquél que se llevó a cabo porque, tan cerca del palacio imperial, molestaba a la rectitud confuciana. Han pasado varios siglos y estamos en un contexto cultural que nada tiene que ver con el japonés. Y, sin embargo, todo se repite como un mantra inagotable que dificulta el ejercicio del Trabajo Sexual. Zonificación, buenos ciudadanos que necesitan que exista el barrio rojo, pero alejado de su identidad de hombres decentes, control de las prostitutas, de los lugares y condiciones donde ejercen su actividad, reglas para el establecimiento de burdeles, intelectuales que se sumergen en el mundo de las cortesanas buscando un lugar en el que existir y, por último, los defensores de esa moral que, pretendiendo prohibir y erradicar, sólo clandestiniza lo que no quiere afrontar e integrar. Han pasado más de cuatro siglos y las prostitutas seguimos siendo ciudadanas de segundas, siempre bajo la espada de Damocles. Moneda de cambio de intereses políticos, objeto de estudio de transgresores y conservadores, castigo ejemplarizante para las buenas mujeres... Tantas y tantas maneras de concebirnos, para no reconocer lo que realmente somos: trabajadoras. Trabajadoras estigmatizadas tanto por la derecha como por una izquierda sin conciencia de clase, que pretende marginarnos con sus buenas intenciones.

Pero yo pienso en ti, Shimabara. Tu nombre de rebelión y sus cuatro sílabas, que suenan como timbales de guerra. Pienso en cómo evocas esa vida a los márgenes, el mundo flotante y el placer prohibido en el que nadie quiere reconocerse públicamente. Pienso en la angustia y la culpa con la que aún se trata el tema de la sexualidad, garras del orden social que nos excluye.

En esta rueda de la fortuna que siempre pretende zarandearnos, las Trabajadoras Sexuales nos hemos alzado y luchamos para que se nos deje de ver como objetos y se nos reconozca como sujetos. Nosotras, las Putas Feministas, nos hemos constituido como sujetos políticos y estamos dispuestas a vencer a nuestras grandes enemigas: la mentira y la desinformación, que son los pilares en los que se sustenta nuestro estigma y la consecuente marginación política y social.

Por eso, desde mi okiya, escribo cartas, con la esperanza de que vayan más allá de Shimabara. Para ser otra más de las voces informantes, denunciantes. Para acabar con la anomia que, internacionalmente, nos niega el estatuto de ciudadanas.

Para que nos mires, lectore, y te des cuenta de que trabajar con la sexualidad no rebaja nuestra condición humana.